Dicen que para estar con alguien debes primero aprender a estar solo. Personalmente creo que no es exactamente así.

 

Creo que para poder estar bien con otro necesitas saber estar bien contigo mismo, que no es lo mismo que saber estar  solo.

 

Estar bien contigo mismo significa conocerte, aceptarte y quererte tal como eres. Significa entablar un diálogo sano y constante contigo mismo, hacerte preguntas significativas y saber responderlas con total sinceridad. Significa saber qué es importante para ti, qué cosas estás dispuesto a ceder y qué cosas no. Sólo desde ahí puedes compartirte con un otro.

 

El miedo a la soledad te moviliza y es natural que lo haga: somos seres sociales, gregarios. Necesitamos de un otro significativo en nuestra vida. Necesitamos importarle a quien nos importa. Necesitamos de su presencia, de su atención y de su calor.

 

Es cierto que ser amado te da energía, pero mayor es la fuerza que te da el ser capaz de amar a otros. Es entregándote a los demás que das pleno sentido a tu vida.

 

Pero si no sabes quién eres ¿cómo sabrás qué es lo que quieres entregar y cómo lo quieres entregar? ¿Cómo sabrás qué es lo que puedes entregar y lo que no? ¿Cómo sabrás qué es realmente lo que necesitas de los demás?

 

Cuando te entregas desde el miedo a la soledad generalmente te entregas de más o de menos: o te dejas drenar por tus relaciones con tal de que no te abandonen, o te restringes y condicionas tu entrega a las reacciones del otro, por la misma razón. Ninguna de las dos opciones te dará satisfacción porque ambas resultan agresivas para tu ser.

 

Tu sabiduría se sostiene en tu capacidad de reconocer tu propia individualidad, y de mantenerte consecuente y coherente con quien eres. Es ese diálogo saludable que te mantiene de una sola pieza y que te permite permanecer siempre unificado con tu camino personal.

 

Sólo desde ahí podrás dar y recibir sabiendo que aquello que das y aquello que recibes es auténtico, sustentable y genuinamente satisfactorio.