“Siempre que pensemos que el problema está «allí afuera», este pensamiento es el problema.”

Un planteamiento como éste resulta muy desafiante porque todos nosotros, en mayor o menor medida, estamos acostumbrados a descargar en los demás la responsabilidad de lo que nos sucede.

Si bien es cierto que existen condiciones sobre las cuales no podemos influir en absoluto, ni directa ni indirectamente, también es cierto que existe un ámbito en el cual sí podemos influir directamente. Ese ámbito somos nosotros mismos.

Podemos ser personas reactivas, respondiendo de acuerdo a cómo se nos trate, a cómo actúen los demás o a las condiciones del medio en general. Cuando somos reactivos encontramos siempre alguna justificación para quedarnos plantados exactamente en el mismo lugar, respondiendo de la misma manera y obteniendo lo mismos resultados insatisfactorios de siempre.

O podemos, en cambio, elegir ser personas proactivas.

La proactividad es una elección personal y no sólo significa tomar la iniciativa: significa que, como seres humanos, somos responsables de nuestras propias vidas. Cuando somos proactivos nuestras conductas y respuestas son fruto de nuestras decisiones conscientes, no de las condiciones o circunstancias que nos rodean, ni tampoco son en función de nuestros estados de ánimo.

Las personas proactivas responden y actúan de acuerdo a los valores que las mueven. No importa si el clima está frío, si su ambiente laboral les resulta hostil de alguna manera, o si cuentan con poco tiempo para hacer lo que es importante para ellos.

Nada de esto constituye una excusa para una persona proactiva: ella hará todo lo posible por encontrar una respuesta creativa, positiva y coherente con sus valores, y que la acerque al resultado que anhela.

Las personas proactivas centran sus esfuerzos en el círculo de influencia, es decir, en todo aquello que está bajo su control directo o indirecto. Se dedican a las cosas con respecto a las cuales sí pueden hacer algo. Su energía es positiva: se amplía y aumenta, lo cual conduce a la ampliación de su círculo de influencia.

Si mis circunstancias me parecen desfavorables ¿Cómo elijo responder?

¿De qué manera creativa puedo transformar una desventaja en una ventaja?

¿Qué pasa si decido transformar esa dificultad en un desafío personal?

¿Qué valores me definen y qué estoy dispuesto a hacer para llevarlos a la práctica?

¿En qué vale la pena invertir mi tiempo, mis pensamientos, mis energías y mis acciones?

Todos tenemos metas importantes y todos tenemos la capacidad de encontrar un camino para alcanzarlas. El primer hábito es cultivar una actitud proactiva y estar dispuestos a renunciar al viejo hábito: el de usar nuestra inteligencia para encontrar excusas en vez de soluciones.

 

Artículo basado en el libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” de Stephen R. Covey.