Hoy estuve conversando con una antigua clienta acerca de su miedo a presentarse frente al mundo como quien ella es realmente: una mujer homosexual.

Mientras conversaba con ella pensaba en lo increíble que me parece que una persona tan encantadora, de tan buen corazón, tenga temor de exponer su verdad. Qué fuerte ha de ser un condicionamiento como para llevarnos a decir “no quiero ser yo” en el mundo.

Sin embargo, no puede ser. No puede ser que nos permitamos vivir la vida escondiendo quiénes somos realmente. No puede ser que el miedo, la pereza, la comodidad o la desesperanza nos roben la maravillosa oportunidad de desplegar nuestro ser en plenitud. No podemos permitirnos el triste lujo de desperdiciar la oportunidad de experimentarnos a nosotros mismos como quienes hemos venido a ser en este mundo.

En fin, estaba pensando en esta persona y su compleja situación cuando me encontré con un artículo en tantras urbanos, acerca de lo mal que a veces nos relacionamos con el dinero, y cuando acabé de leerlo inmediatamente noté que mi conversación con esta mujer y el artículo sobre el dinero, en el fondo, se trataban de la misma cosa. Dejé un comentario muy largo, que me servirá de cuerpo para este artículo.

A veces rechazamos la abundancia en nuestras vidas por miedo a volvernos ambiciosos o banales. Esto es muy típico de las personas cuando inician una búsqueda espiritual. Personalmente, cuando tenía unos 18 años, decreté que no me interesaba el dinero en absoluto, y la vida me regaló la experiencia de vivir pobremente, tal vez para saber si realmente era ésa mi verdad.

Aunque suene difícil de creer, viví sin sala de baño durante seis años, en una casa a medio construir, en medio de una economía completamente “hand to mouth”, y con dos hijas pequeñas. Por suerte jamás nos faltó con qué vestirnos ni qué comer, pero la vida se redujo a su mínima expresión. Como no había dinero para casi nada, no se podía hacer casi nada. Ni si quiera ponerle bencina al auto para poder visitar a mis amigos.

Por suerte vivíamos en medio de un bosque, cerca de la playa. En esos momentos, la naturaleza fue mi gran salvadora, y tal vez esa conexión con ella, que conservaré hasta el día en que me muera, fue uno de los grandes regalos que me dio la experiencia de ser pobre. Hoy en día, si me siento un poco triste o con poca energía, contemplar una simple flor, ponerme bajo los rayos del sol o sentir la brisa en mi cara, son pequeñas cosas que tienen un enorme poder: el de reconectarme inmediatamente con la maravilla de existir. Cuando recordamos que existir es un milagro asombroso, todas las cosas se ven desde otra perspectiva.

Lo interesante fue cuando comencé a darme cuenta de que esa escasez material en la que vivía era el reflejo de mi pobre autoestima. Y que mi rechazo hacia el sistema era en gran parte una negativa a desarrollar mis propias potencialidades: porque en el fondo envidiaba el éxito y el desarrollo ajeno. Y lo envidiaba porque yo misma no me permitía ese éxito, porque me daba vergüenza ser yo misma, y mostrarme frente al mundo como un alguien lleno de belleza y digno de reconocimiento.

Cuando comencé a sanarme, la envidia se transformó en admiración, y entendí que ese sentimiento tan amargo, el de envidiar al otro, proviene de una profunda convicción que dice “a mí eso no me está permitido”. Mientras que la admiración nace de un sentimiento de “yo también quiero eso ¡¡y lo puedo tener!!”

En ese tiempo me recomendaron un libro titulado “Los secretos de la mente millonaria”. Qué manera de reirme mientras lo leía, pues veía lo ridícula de mi posición de rechazo y crítica frente a la riqueza. El autor relata en ese libro que, después de una de sus charlas sobre cómo hacerse rico, un hombre se le acerca y le dice “¡pero cómo voy a permitirme ser rico mientras existe tanta gente pobre en el mundo y que sufre por su pobreza!”. Entonces el autor le responde “¿usted piensa que el hecho de ser pobre ayudará en algo a esa gente pobre?¿no cree que si usted fuera rico podría brindarles muchísima más ayuda a ellos?”. Esa conversación me despertó por completo. Y entonces comencé mi camino de vuelta hacia mí misma.

Hoy en día, con la ayuda de mi familia, me encuentro mucho mejor económicamente y esto me ha permitido hacer el trabajo que no supe tomarme en serio durante mi adolescencia: probar camino entre todos mis talentos y gustos, y escoger aquél que más me satisface, para transformarlo en mi fuente de ingresos. Y aquí estoy, desarrollando mi sitio web de Tarot, atendiendo cada vez a más personas, ayudando a mi manera para hacer que este mundo sea más feliz y más pleno. Un trabajo de hormiga, pero lleno de sentido.

Desde entonces me propuse caminar erguida, vestirme mejor, alimentarme como quiero y cuando quiero, y sobre todo, procurar no hacer nada por obligación, sino por elección. Me gusto cada día más, y me siento atractiva y feliz. Incluso me permito a veces adquirir prendas caras, porque me estoy permitiendo exigir calidad en todo. Y creo que ese es un derecho que todos tenemos: tener cosas de calidad (y no sólo cosas, también relaciones, experiencias, todo). Como madre que soy, me miro a mí misma como si fuera mi propia hija, y desde luego deseo brindarme lo mejor, porque me quiero. Cuando el antigüo fantasma de la culpa o del no-merecimiento me acecha, me recuerdo que merezco lo mejor, porque doy mi cien por ciento en todo lo que hago, o al menos lo intento. Así que me doy mis premios.

Amo tanto lo que hago, que no puedo evitar querer que mi proyecto crezca, y me siento dichosa de haber entendido que sí, puedo vivir de lo que me sale más fácil, más natural, y de lo que más me hace sentido, que es inspirar a otros para que se conecten con el poder que tienen para mejorar sus vidas. Ahora estoy abierta a que otros reconozcan mi desarrollo, a que se reconozca el valor de quien soy, y también a que algunas personas puedan no reconocerme si les parece.

Vadim Zeland me enseñó en sus libros sobre Transurfing que la única libertad que poseemos es la libertad de elegir. Es triste que nos quitemos incluso ese derecho: el de preguntarnos qué haría de nuestras vidas una fiesta, y atrevernos a desearlo y a ir a por ello. Si siento vergüenza de quién soy realmente, si incluso me avergüenzo de lo que quiero, si pienso que el camino es demasiado difícil, si me preocupa el qué dirán, si elijo mantener un contrato inconsciente de infelicidad con mi familia de origen para no traicionarlos… cualquiera sea el motivo por el cual elijamos dejar pasar la vida sin experimentar la maravilla de ser quienes somos realmente, pues tenemos ese derecho, pero es una pena.

Si hay una revolución que vale la pena llevar adelante es la de reclamar nuestro derecho a ser quienes somos. Dejemos caer la culpa, que sólo le sirve a ciertas instituciones para tomar nuestra energía. Invirtamos en nosotros mismos y apostemos por nuestra felicidad, porque nuestro tiempo en este mundo es limitado.

Si no es ahora ¿cuándo?

Si no es aquí ¿dónde?

Si no soy yo ¿quién?

 

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